miércoles, 16 de mayo de 2018
viernes, 11 de mayo de 2018
Separa este texto en enunciados
Los enunciados terminan en pausa larga (punto), signo de interrogación o exclamación
La secretaria del gran jefe de Doble o nada es miope y se limita a decir:
-Pase, señor Coco. // El profesor lo está esperando.//
Al profesor, que no se esperaba en absoluto un cocodrilo con todos esos dientes en hilera bajo las gafas de sol, le da un violento ataque de tos.// El cocodrilo, con santa paciencia, espera a que se le pase la tos; después dice:
-Conque, vamos a ver, etcétera, etcétera; tengo también una carta de recomendación de mi hermano. // Tengo intención de participar en su magnífico e instructivo programa.//
miércoles, 2 de mayo de 2018
Artículo de Opìnión para comentario (Elvira Lindo)
De nuevo, el ridículo

La otra mañana temprano esperábamos en cola a que abrieran las puertas del juzgado de la madrileña calle de Pradillo. Sí, la cosa iba de bodas y nacimientos. Un tipo de un acento latino indeterminado, nos avisaba a gritos, teatral e inagotable, de que la mujer que se casara con una mujer o el hombre que se uniera a otro hombre arderían para siempre en el infierno. Advertía de la ofensa a Dios que constituían las relaciones prematrimoniales. En fin, que no eran horas. Nosotros éramos pobres personas con sueño y respirando detrás de la bufanda. Una joven bufó: “¡Cállate ya, pesssao!”. Pero lo verdaderamente reseñable del momento es que el pueblo, como así suele ser, asistía a la homilía como quien oye llover, resignado, tolerante. Intercambiábamos sonrisas, miradas cómplices, ironía. De entre los que guardábamos cola habría parejas gays, heteros o segundos matrimonios; sospecho que todos presentaban sus documentos en regla y los deberes hechos en lo que a experimentación sexual se refiere. Pero ahí estaba la esencia misma de la ciudad: se aprende a escuchar pero también a desconectar si algo te incomoda, porque si bien hay que estar atento resulta saludable practicar la introspección para refugiarse del prójimo.
En mi opinión, los ciudadanos de la calle estamos dándoles una lección a nuestros Mr. Hyde, a los ciudadanos internautas. En la calle tendemos a ignorar o a negociar; en la red, no pasamos ni una. La calle nos inclina hacia la observación, la red a la reacción. Lo pensaba esta semana a cuenta del castigo penal inaceptable que habrá de cumplir el rapero Valtonyc, o el de Hasel o el de Shadid. Como estos nombres han aparecido estos días reproducidos en múltiples enlaces parece que aquí todos estábamos en la onda, que todos tarareábamos en la ducha o en Nochebuena las letras de Valtonyc, o que al contrario cundía la indignación, pero yo confieso que jamás hubieran llegado a mí sus contenidos si no hubiera sido porque el Tribunal Supremo los ha puesto generosamente en circulación. Enhorabuena. No sé si la Casa Real está al corriente de todo lo que se escribe sobre ellos, imposible desde que nació Twitter, pero no me imagino al jefe de prensa pasándole de buena mañana al Rey las estrofas raperas referidas a su persona con un parco: “Mire lo que dice este tipo sobre su Majestad”. En realidad, el público de estos músicos está limitado a un ambiente tan específico que una se pregunta porqué ya puestos no se han tomado las mismas medidas con letras del pop y del rock que gozan de un público masivo y que llevan animando décadas al consumo de droga, de alcohol o a matar y morir por amor.
Defender su libertad de expresarse está unido a mi libertad de ignorar algo que me desagrada por su agresividad, que incluso me lleva a sentir compasión por el agraviado sea quien fuese. Esto hay que dejarlo claro: las personas tenemos derecho a ofendernos, no estamos obligados a poseer un humor ilimitado ni a aplaudir una estética que nos es hostil, pero sí a señalar como aberrante este tipo de censura judicial que no pudiendo borrar una obra de la circulación, procede a meter a su autor entre rejas. Y de ahí a Fariña, el libro de Nacho Carretero: usted que no lo había leído ha entrado raudo como tantos otros en Amazon y lo han agotado. Ahora ya sabemos quién era el exalcalde de O Grove. A ver si va a ser una retorcida manera de la Justicia para generar aficiones culturales. En cuanto a Arco, sus organizadores no han querido esperar a que un juez secuestrara la sección dedicada a los presos políticos de Santiago Sierra, ellos mismos han hecho el trabajo sucio. Quién sabe si el comité directivo de Ifema decidió dar el campanazo antes de la inauguración para dotar a la feria de la chispa de una polémica, pero lo que han conseguido es que esta sea la edición de los cuadros retirados de Sierra, que colgarán en el salón de un independentista de postín. Está claro que en un ambiente de censura política sale ganando quien desafía los límites, porque se valora el mensaje político por encima de cualquier otra consideración: ¿de verdad pensaban que los visitantes de Arco, con lo modernos que somos, no podíamos tolerar que un artista llamara presos políticos a Oriol Junqueras o a los Jordis? Incluso si pensamos que son políticos presos, ¿nos iba a dar un soponcio al ver alterado el orden de los factores? ¿O es el miedo a las autoridades y no al público? Porque si algo caracteriza al visitante de exposiciones es que ya no se asusta de nada: ha visto demasiado.
Al menos, cuando se diluyó el escándalo de la exhibición de la Olympia de Manet en el Salón de París de 1865, quedó ella, la Olympia, retando orgullosa al espectador, valiente, descarada, carnal. Presiento que a nosotros lo único que nos quedará de todo esto será el ridículo.
Artículo de opinión para comentario (Elvira Lindo)
Lamento insistir
Lamento herir la sensibilidad de lectores que piensan que de un tiempo a esta parte las mujeres no escribimos más que de cositas de mujeres. Lamento que piensen que las cosas de mujeres son de segunda categoría o que no las consideren de interés general. Lo lamento. Lamento romperles su paz interior, esa paz que consiste en leer solo análisis políticos sobre Cataluña, la corrupción madrileña o las encuestas de intención de voto. Son temas que, por alguna misteriosa razón, los lectores pueden leer a diario sin agotarse, sin necesidad de pensar, vaya, en los últimos tiempos estos columnistas plastas siempre escriben sobre lo mismo. Lamento que alguien juzgue que las columnistas estamos muy repetidas. Pero, ¿qué nos pasa?, piensan: ¿es que no tienen otros asuntos sobre los que escribir? Yo qué sé: Cataluña, la corrupción madrileña, el vídeo de Cifuentes. Temas hay. ¿Por qué entonces andan dando últimamente la matraca con asuntos de chicas o de señoras? ¡Que las pongan a todas en una sección y que cuando el lector compre el periódico esté sobre aviso y pueda echar el cuadernillo (rosa) a la papelera! Venga, ahí van todas. Que se queden solo una o dos, las que escriban sobre Cataluña, la corrupción madrileña, el vídeo de Cifuentes o el ascenso de Ciudadanos.
Ay, lo lamento. Lamento que estemos copando secciones de los periódicos que no nos corresponden. No cabe duda de que vamos a acabar infectando el panorama periodístico y social con nuestra insistencia. Prueba de que así es está en el hecho de que en las manifestaciones que se sucedieron a la lectura de la sentencia del juicio de La Manada pudimos observar cómo ya hay hombres que se suman (voluntariamente y sin sentirse disminuidos) a la legión de mujeres que quiso informar a la justicia de que no somos idiotas, entendemos sin dificultad alguna cuál es la diferencia entre abuso y violación y entendemos que han sido los jueces los que han sometido su juicio a una interpretación trasnochada que se acerca más a la de sociedades en las que la mujer debe resistirse hasta morir para defender su pureza que al país democrático en el que creemos habitar.
Hay jueces y jueces, magistrados y magistrados. Los hay que piensan que la ley es sagrada y que por tanto es su deber apostólico interpretarla en su versión más estrecha; este tipo de profesionales empeñaron esta semana todos sus esfuerzos en explicarnos algo que entendíamos a la perfección pero con lo que estábamos radicalmente en desacuerdo. Hay otros en cambio que son capaces de colgar su toga por un momento para mezclarse con los anhelos de la calle y tener una mirada crítica hacia el ejercicio de una profesión que a los ciudadanos nos afecta de manera tan sensible.
A veces es la justicia la que se queda vieja, se pasa de fecha, como así puede ocurrirle a la medicina, a la docencia o a la literatura. Todos los oficios han de adecuar sus leyes a los que tiempos en los que se ejercen. Y quien viva esos cambios de manera traumática está prisionero del corporativismo y de la arrogancia profesional. Es posible que lo que le ocurrió a esta chiquilla haya sucedido en muchas ocasiones; así lo habían denunciado colectivos feministas sin encontrar interlocutores políticos o sociales, porque la sagrada fiesta no debía desacreditarse; es bien probable que las chicas que lo padecieran optaran por el silencio para no sentirse culpables ante una sociedad que les iba a reprochar lo que habían bebido y las horas de la noche en que andaban por la calle.
Lamento, sí, ocupar este espacio con una historia que para algunos no será más que la repetición de la eterna cantinela. No pretendo ofrecer un punto de vista original, ya he leído muy atinadas columnas estos días sobre esta desgraciada sentencia que pudiendo haber sentado un buen precedente ha supuesto una inmerecida involución. La violación, nos dicen, se produce si nos agarran del cuello o nos ponen un cuchillo en el pecho, si hay desgarros, si hay sangre o si hay muerte. Eso es la violencia, así la entiende la ley y algunos jueces. Lamento no compartir su concepto. Y simplemente deseo unir mi voz a la de muchas otras y a la de ese tipo de hombres que ha desterrado sus viejos prejuicios y entiende también qué es agredir, vejar y aterrorizar a una mujer. Esta semana considero una obligación moral la insistencia. Se trata con plena conciencia de hacer ruido.
Lo tenemos todo, ¿no? Eso es lo que piensan e insinúan quienes no llegaron a comprender la importancia del último 8 de marzo, los que fueron incapaces de empatizar con la emoción de tantas mujeres que salieron a la calle. Se trataba, y no lo entendieron, de explicarles a las empresas, a la sociedad, a los educadores, a la prensa, a la justicia que algo debe cambiar para que las mujeres no tengan miedo y sean protegidas y recompensadas si unos malos hombres les salen al paso. Lamento decir que tenemos voz para usarla, para decir, por ejemplo: no fue abuso, fue violación.
Artículo de opinión para comentario (por Arturo Pérez Reverte)
Hombres
PATENTE DE CORSO
Parado frente a un semáforo junto a dos niños varones de diez o doce años, oigo que uno le dice al otro: «Adrián es un buen tío; nunca me dejaría tirado». Siguen su camino y me quedo pensando en la frase significativa con la que, en mi opinión, un enano imberbe acaba de resumir siglos de historia masculina. Porque, hasta hace muy poco tiempo, ese «nunca me dejaría tirado» parecía más propio de hombres que de mujeres. Resabio instintivo de algunas reglas básicas que durante miles de años ayudaron a la supervivencia de nuestra especie.
Hablando en general –lo que no excluye infinitas excepciones–, dudo que hasta fecha reciente una niña o mujer adulta considerase importante señalar, en esos términos, que la dejasen tirada o no. Era menos habitual que una mujer mencionase la cohesión de grupo como factor clave, pues sus códigos de lealtad solían referirse a otras circunstancias. Lo más probable, llevando la frase a ese terreno, es que dijera algo como: «Marta me entiende y puedo contar con ella».
Desde mi torpeza de varón me esfuerzo por analizarlo. A mi juicio, dejar tirado es jerga de grupo, y contar con ella es más individual e intenso. Más profundo. Creo que para una mujer, pese al cambio en la sociedad occidental, es aún importante la empatía personal, el apoyo concreto de quien tiene la misma memoria genética –y a veces el triste presente– de soledades y sumisiones; de siglos como rehén del hombre, pariendo, cuidando el hogar que daba calor a todos. Para esa mujer, históricamente sometida a hombres buenos y también a injustos y malos, para esa mirada sabia en silencios, contar con otra mujer, aunque fuera o sea sólo una, reconfortaba y reconforta. Rompía la soledad e iluminaba, o ilumina, el mundo.
Ahí el hombre era distinto. Necesitaba menos comprensión que lealtad. Durante mucho tiempo y por asignación de roles, mientras ellas cuidaban a los cachorros, ellos salían al frío, la caza y la guerra, protegiendo desde fuera lo que las mujeres protegían desde dentro. Se enfrentaban a animales salvajes y tribus enemigas, mataban y morían; y cuando se alejaban entre el viento y la lluvia, muchos no regresaban. Eso les daba privilegios que nadie discutía. Privilegios que no pocos imbéciles ajenos al viento y la lluvia, a sacrificarse para que hembra y cachorros sobrevivan, incapaces incluso de fregar los platos, se empeñan hoy en mantener, aunque ya nada les dé derecho a ello.
En aquel mundo áspero, peligroso, los varones iban en grupo a cazar o guerrear. Ahí no bastaba contar con uno; se necesitaban varios. Las reglas solidarias eran fundamentales, pues quebrantarlas suponía fracaso y muerte. No dejar tirado a uno de los tuyos era pura supervivencia. Y creo que en muchos de los actuales varones, en sus comportamientos y códigos, esos recuerdos instintivos de caza y guerra siguen presentes. Observen de qué forma tan distinta se comportan todavía, pese a la creciente, necesaria e imparable igualdad, los grupos de chicos y los de chicas.
Por eso es importante comprender, sin que eso sea justificar. Entenderlos a ellos como a ellas. Criminalizar al varón, hacerlo avergonzarse de su masculinidad cuando ésta no es opresora ni nociva, resulta injusto. Hombres con sus códigos, y precisamente por tenerlos, han peleado y siguen haciéndolo con mucho valor y dureza. Y ya no hablo de caza o batallas, sino de padres de familia que se dejan la salud y la vida trabajando –como también hacen ellas ahora, dentro y fuera de casa, a veces en doble combate–, para sobrevivir en un mundo hostil donde, igual hoy que hace siglos, sigue haciendo mucho frío.
En otros momentos de mi vida vi a muchos hombres, con sus torpezas y brutalidades, ser leales a esos códigos de grupo. Tragarse el miedo y caminar bajo el fuego porque al compañero no se le podía dejar solo; o porque, vuelto el mundo al horror de su implacable realidad, era necesario proteger a hembras y cachorros cuando las buenas intenciones, los progresos sociales, la igualdad tan duramente conseguida de la mujer, se iban al carajo. O se siguen yendo. Prueben a hablarle de feminismo a un chetnik serbio, a un yihadista o a uno de Boko Haram.
Todo eso no me lo han contado. Lo vi en la centuria vigesimosecular que dejamos atrás y en casi dos décadas de la actual. Y si el péndulo de la vida volviese a oscilar aquí, no pocos de esos hombres a los que en este lado confortable del mundo se criminaliza y desprecia, incluso los peores, apretarían los dientes y saldrían a cumplir con las viejas reglas, para no dejarse tirados entre ellos y para no dejarlas tiradas a ellas. Obligados por códigos ancestrales que para bien y para mal, y no siempre por su culpa, todavía llevan en la sangre. Y es que, a pesar de quienes pretenden reducirlo todo a una estúpida simpleza, el ser humano es un animal apasionante y complejo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
LENGUAJE VERBAL Y LENGUAJE NO VERBAL
5) CLASES DE SIGNOS. EL SIGNIFICADO Y EL SIGNIFICANTE. INDICIO. ICONO. SÍMBOLO 6)LENGUAJE VERBAL Y NO VERBAL: VERBAL: es el que usa palabr...
-
"Underwood girls" Quietas, dormidas están, las treinta redondas blancas. Entre todas sostienen el mundo. Míralas aqu...
-
Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Densos, Rojos. Fue un beso tan corto Que duró más que un relámpago, Que un mila...
-
CARACTERÍSTICAS DE LA POESÍA DE LUIS CERNUDA LOS TEMAS Los temas que acostumbra a usar Cernuda son la pasión amorosa, la soledad, ...